sábado, 23 de mayo de 2009

sábado, 16 de mayo de 2009

La paloma herida




















Volvía de la facultad. Hacía mucho calor, aunque ya estábamos en abril. Mi mochila pesaba, y deseaba con toda mi alma estar del otro lado de la puerta de mi casa. Bajé del hacinado tren línea Mitre, y en
piloto automático comencé a caminar casi al trote, con la mente en blanco del agotamiento.
En el camino, ya a unas dos cuadras de mi hogar, estaba en la mitad de la acera una señora en silla de ruedas, quieta ahí. Me asombró que no tuviera miedo que la pisara algún automóvil, que a toda hora pasaban a gran velocidad, al ser la calle principal de mi barrio.
De pronto, utilizando sus débiles piernas flacuchentas, hizo mover su vieja silla hasta el cordón de la vereda; allí se detuvo y dejó algo en el suelo... algo que, desde lejos, yo no podía distinguir bien qué era. "Debe querer subir a la vereda y no puede", pensé inmediatamente. "Lo mejor sería ayudarla, aunque yo mucha fuerza no tenga".
A paso dudoso me acerqué, y le pregunté si necesitaba ayuda. Cuando pude concentrar mi mirada en eso que la desconocida había dejado en el suelo, me sorprendí. Era una paloma herida, que sangraba por el costado. "La ha pisado un auto", me dijo la mujer; su voz era áspera. "Está temblando del susto. Tiene el ala lastimada; no va a poder volar si no la curo. Hay que frenar la hemorragia".
En ese momento no se me ocurría nada para decir. "Pobrecita... ¡Qué conductores salvajes! ¿Quiere que la lleve a una veterinaria? Hay una acá a la vuelta", dije torpemente. "No, los veterinarios no van a querer hacer nada por ella". Sacó una pequeña bolsa de plástico de su cartera, tomó a la débil paloma del suelo, y la envolvió fuerte con la bolsa. "Lo mejor sería papel de diario, o un pañuelo. Espero que con esto aguante hasta que llegue a mi casa."
"¿Quiere que vaya a buscar papel de diario en algún lugar, o alguna caja para poder llevar la paloma?", dije. "No, gracias, así estoy bien", respondió ella. La verdad es que ver a la pequeña criatura así me daba mucha tristeza, y temía por su vida.
"Adiós", dijo la mujer, quien lentamente, con ayuda de sus manos y con la paloma sobre sus piernas, dio media vuelta y emprendió viaje en su silla. "Chau, mucha suerte", dije.
Y fui una tonta de esas que no hay, porque me quedé quieta mirando cómo desaparecía de mi vista, y una vez que no la vi más, me di cuenta que la podría haber ayudado a llegar hasta su hogar.
Ya no tenía ganas de llegar a mi casa; es más, no me importaba si llegaba. Como tonta que soy –de esas que no hay – me puse a llorar mientras caminaba, intentando que el mundo a mi alrededor no me viera. Y me decía a mí misma "No pude ayudar a la paloma. No pude ayudar a la señora en silla de ruedas. No pude hacer nada por el bien de ellas... ¡Qué egoísta que fui!".
Es así. Tenía tantas cosas para hacer al alcance de mi mano, tanta fuerza, tanta salud física que podría haber ayudado, como mínimo, a lograr que la mujer llegue hasta donde quería llegar, o a salvar al ser viviente que ella quería salvar... Y no hice nada.
Hasta que, esa noche, tuve la solución en mi cabeza, y ustedes la están leyendo. Así estoy ayudando: agradezcamos que nacimos sanos, de cuerpo, mente y espíritu. Ayudemos a las criaturas más débiles.
¡Qué paradoja! Esperamos que alguien débil salve a algo débil... Nosotros, los fuertes, salvémoslos y no dejemos que eso pase jamás...

viernes, 15 de mayo de 2009

BLA BLA BLA





















Una a veces cae, y cae duro;
A veces se da cuenta
que el tiempo pasó rápido,
por fuera se puso vieja
y por dentro es la misma niña de 5.

Una a veces cae, y cae aun más duro,
y se da cuenta que tenía lo mejor
de su vida en sus manos,
y lo dejó volar.
Así, volar...

Una a veces cae, y cae de cabeza,
y se da cuenta que se quedó sentada
cuando podía correr
y hacer lo que quisiera
con el mundo a sus pies.

Una a veces no cae
pero busca caerse.
¿Para llamar la atención, tal vez?
Si es hemoso estar parada
y con el mundo a tus pies.

Una a veces cae muy duro,
cuando más lo necesitaba.
Amigos, su arte quizás
la hizo pensar más de la cuenta,
y cayó mal.

Una a veces cae del cielo
de una eternidad en el amor.
El mundo continúa...
¿Sin el amor?
Imposible, sin duda.

Una a veces cae,
y le cae la ficha que perdió el tiempo
con tonterías y preocupaciones...
No llores más, niña de 5,
el mundo está a tus pies.

miércoles, 22 de abril de 2009



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Ésta soy yo...
con mis virtudes
y mis defectos...

Saben, a pesar de todo,
nunca me he sentido sola.
Será porque ella estaba siempre a mi lado
con la palabra justa en su boca.

Grande por fuera, pequeña por dentro
y pequeña por fuera, grande por dentro,
las dos supimos marcar nuestro rumbo
nos hundimos al encuentro.

Él me ofendió la noche anterior
y no supe responder; lloré hasta el agotamiento.
Me dejé caer, sintiéndome poca cosa
pero ella estuvo ahí, ayudándome a expresar mi sentimiento.

Era la vos de mi conciencia,
yo era su apoyo.
Y sé que ella sin mí, tampoco era nada;
juntas, nos complementábamos.

Hacíamos música:
podríamos decir que el mundo escuchó
una canción que nunca se inventó
porque teníamos miedo a mostrarnos

Sí, nos daba vergüenza
más que nada
expresar nuestros sentimientos;
miedo... ¡ A quedar como taradas !

El precio de amar con locura
lo pagaste vos, dulzura
que un viernes, yo, enloquecida,
te arranqué de un tirón la cuarta cuerda...

Guitarra, gracias por estar siempre:
por ser la que me escucha, la que me entiende
la que me dice que nunca me rinda,
que le vea el lado bueno al triste tema...
y la que me enseña que cada problema
tiene solución
que es una canción
desde lo más profundo del corazón...

martes, 7 de abril de 2009

"Una vela de cera"


Concurso de Poesía del Instituto Santa Ana de Villa Ballester

Los poemas ganadores

Se despertó una mañana de domingo,
y así comienza esta historia.
Me gustaría que caminaran conmigo
los detalles, mas falla mi memoria.

Bajó las serpenteantes escaleras
hacia el obscuro subsuelo.
Sin entenderlo; creyéndolo apenas,
que estaba subiendo hacia el cielo.

Por todo lo que ella había vivido
no comprendía, no perdonaba,
pues, sorda de ojos y ciega de oídos,
hasta el corazón le faltaba.

Pero ésto que les cuento hoy,
a ella le hizo perdonar,
comprender, aquello que la ayudó
a la inalcanzable felicidad alcanzar.

Había encendido una vela de cera,
la cual cayó lentamente de sus manos;
rodó en cámara lenta por la escalera
y la historia y yo comenzamos a quemarnos.

Cosas valiosas, joyas, vestidos, muebles, joyas,
todo ya hoy es parte del pasado.
Ella, por una de esas cosas
que tiene la vida, pudo salir caminando.

Y aprendió. Sí, amigos, aprendió.
Y así termina mi historia...
Perdón por la ausencia de detalles,
resulta que me falla la memoria.

AGUSTINA BELÉN DUARTE (tercero.naturales)

Así nació Molly..


















Pobre Molly


“Pobre Molly” dijo una vez alguien, sintiendo lástima por ella. Estaba harta de que le sintieran lástima continuamente. Pero ella se lo buscaba.
Ella podía resaltar lo más hermoso que había en su corazón, como lo más triste y tenebroso. Amaba, con toda su alma; pero Dios no le permitía enamorarse. Es decir, pecaba todo el tiempo. Sintió odio contra él. “Es humano lo que sentís” decía su psicoterapeuta; mas su corazón pecaba al sentir rabia de que, para el resto del infinito universo, amar no fuera un pecado. Y continuaría pecando.

El mundo no le permitía verse linda. Sus amigos (si es que se los puede llamar así, porque siempre se quejaban de ella y no la apreciaban tal como era) le recomendaban que, para que el Ser Amado sea llamado por su atención, debía mostrarse linda, natural, fresca. Pero los prejuicios que había vivido en su infancia, no la dejaban ser natural ni fresca. Y mucho menos linda, ya que nunca nadie había gustado de ella. Los hombres que la tuvieron, fueron para exprimirle todo el jugo, y tirarla como una cáscara en un cesto de basura. “Pobre Molly”, decía uno por allá, otro por acá, hasta ella misma llegó a pensarlo.
“¿Habré venido a este mundo para ser un Corazón Solitario?” se preguntaba, mientras ponía en el toca discos, un LP de los Beatles. Y lloraba, siempre lloraba. Creía que sus sueños de ser música y actriz nunca se harían realidad. Que nunca más iba a poder amar.
Molly sabía que no estaba moldeada para este mundo. Veía a su alrededor sólo mujeres perfectas. Pero con algo en especial: todas “calentaban” a los hombres, ninguna les tocaba el Corazón. Pequeña, pero sin la mente verde, veía el mundo con otros ojos. A su paso, dejaba un profundo análisis coherente. No era como los demás.
Así, también sabía que los hombres no la amaban porque no era el prototipo que ellos esperan de una mujer: entregada. Ella era desprolija, descuidada, decía siempre lo que pensaba, impulsiva, hacía lo que quería; por momentos (con algunas copas de más) se destapaba, se sacaba la máscara y era capaz de hacer o decir cualquier cosa; bailaba mal, y nunca estaba a la moda (creía que vestirse como ella quería y sentía que debía hacerlo era lo mejor). Dejaba su marca en cada rincón. Pero su Ser Amado nunca prestaba atención a la personalidad o la simpatía, sino que buscaba la seducción, la lujuria, la perversión, la perfección.

Y continuaba pecando. Recordaba su triste pasado, el que la hizo así, reflexiva y optimista. Pero ese optimismo un día cayó en picada. Comenzó todo con una ciclotimia. A veces estaba bien, a veces estaba mal. Cuando veía que el Ser Amado lo único que le brindaba a la Pobre Molly era indiferencia (o se mostraba con una mujer “mejor” que ella), un cáncer le corría a ella por todo su cuerpo. Y lloraba. Días se mostraba, días lloraba inmersa en un mar de sábanas.

Vivía de los sueños y los deseos. Hermoso y perfecto mundo de sueños. Ahí se encontraba (una especie de “cita obligada”) todas la noches con su Ser Amado. Pero el maldito despertador la arrancaba de su hogar.
Tenía miedo, del pasado, del futuro. Miraba a las personas como si éstas estuvieran a punto de arrancarla de este mundo, o de su mundo... Y tenía miedo otra vez.
Nunca revelaba sus verdaderos sentimientos.
Nunca fue el alma de la fiesta. Nadie la escuchaba. Nadie la entendía. Nadie la veía linda. Nadie tenía un sueño mojado con ella. Nadie la abrazaba. Nadie la besaba. Sólo le tenían lástima. “Pobre Molly”, escribió.